Árbol adentro

La respuesta a todas nuestras preguntas la tenemos a veces pegada en la frente y no hay forma de que nos demos cuenta. Más que meter mis narices en un libro, me asomo por la ventana, y ahí está. Ayer que subía la colina me recargué en un árbol de la empinada. Un árbol de esos a los que uno no tiene nada que enseñarles de la vida porque ya lo han vivido todo, sin tenerse que mudar a ningún otro país o isla. Cuando bajé la vista me topé con una raíz enorme que se enroscaba como una culebra. Pensé que para sostener ese tronco altísimo y esa innumerable cantidad de ramas esas raíces tendrían que estar asidas hondamente a la tierra, de forma que entre más alta la copa más hondas sus raíces. Lo mismo sucede con el hombre, pensé casi sin querer pensarlo. Entre más grande sea la grandeza de un hombre (y perdonen la redundancia) más profundo debe ser su espíritu, de otra manera quedaría también muerto a la vera del camino a la menor preocupación. Nada mejor, pensaba mientras volvía a subir la colina, que crecer hacia adentro, largamente hacia adentro, con ese nudo de virtudes enroscadas como culebras alrededor del alma.

 

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