Bicicleta II

Todos creemos que la vida es una línea recta. Que empieza, por ejemplo, en una esquina y termina en la otra, o que empieza en una ciudad y termina en otra. Creemos también que la vida es una colina que hay que subir por un lado y bajar por el otro, y que la parte más alta es la mejor porque nos permite ver la parte baja de un lado y de otro, como se ve el pasado o se intuye el futuro, además de todo el paisaje que nos rodea: arriba, abajo, a un lado, al otro. Pero tal vez todo eso que creemos sea una mera ilusión y no haya ni siquiera razón para preocuparnos, ni tampoco para averiguar qué es realmente vivir. Yo, el otro día que subía la colina en bicicleta, me imaginé que la bicicleta era como la vida misma, y que no importaba en realidad que el terreno estuviera plano o escarpado, recto o en curva, alto o bajo, así que no había necesidad siquiera de levantar la cabeza para averiguarlo. Tuve la certeza que siendo la bicicleta como la vida misma, lo único que tenía que hacer era pedalear. Sólo pedalear, sin necesidad de querer llegar a ningún lado, tan sólo a la busca de un solo objetivo: no caerme.

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