Caminar la ciudad

Siempre que vengo a Colima me gusta caminar la ciudad de norte a sur. Caminarla solitariamente a través de las calles poco transitadas. Es un ejercicio que he venido haciendo desde los últimos diez o quince años, tiempo en el que he estado viviendo fuera de Colima. No es lo mismo recorrer la ciudad en coche que recorrerla a pie. Hay una enorme diferencia, como la hay entre los que se aman por correspondencia y aquellos otros que se encuentran todos los días en el jardín. No se ve ni se siente la ciudad de la misma manera, como no se ve ni se siente a la mujer que amamos cuando la tenemos ausente.  En coche, por ejemplo, es imposible reconocer las grietas de las bardas, los viejos y los nuevos árboles, los rostros que aparecen de súbito en las ventanas o por encima de las azoteas. No se puede uno detener siquiera a platicar con los conocidos o desconocidos que se encuentra en el camino, perderse en una larga conversación con ellos, para luego continuar nuestro trayecto. Tampoco puede uno recargarse en la barda junto a las puertas o canceles para escuchar la confesión que se da al interior de las casas, o para escuchar los programas que suele la gente ver en el televisor un día de asueto, y que nos dicen tanto de lo que son, de lo que fueron y tal vez de lo que serán. Entiendo que la gente que me encuentra caminando por la calle, a esas horas del día, pensará que soy un deschavetado, sobre todo porque voy sin rumbo y sin destino fijo, y en la actualidad todo aquel que va sin rumbo y sin destino fijo es un deschavetado, pero yo tengo la convicción de que es cuando más claro el porvenir se me entrega, pues el porvenir son nuestros propios pasos, no una plaza o un centro comercial al que queremos ir, así que entre más caminemos, así sea sin rumbo y sin destino, más seguro puerto será nuestro encuentro con él, y con nosotros mismos.

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