Castas

En El Cuadro, la pequeña plaza principal de un pueblo de Nayarit, uno puede ver claramente el lugar que ocupan las diferentes clases sociales. En la primera fila, cerca del escenario donde cantaba un imitador de Juan Gabriel, los blancos, por decirlo de algún modo. En la siguiente fila, en un atillo de sillas desperdigadas, los criollos, siempre intentando congraciarse con lo de la primera fila: o ya dándoles una silla o ya permitiéndoles el paso con un gesto afable. En la tercera fila, recargados en los postes de luz o en las pilastras del pequeño portal, los campesinos y los obreros de la única fábrica que hay a las afueras del pueblo, todos con la cabeza metida en sus sombreros de palma. Allá en la distancia, del otro lado de la calle, recargados en la barda de la escuela, imposible que se acerquen por las dos sillas olvidadas al lado del vendedor de elotes, imposible incluso que alguien se atreva a estirarles la mano con el número de la rifa por venir, los indígenas, huicholes que han bajado de lo alto para vender sus artesanías (collares, pulseras, costalillos) en el rincón de sombra de la feria. Sé que una fotografía me habría ahorrado cansarlos con toda esta insufrible exposición, pero: ¿qué habría hecho yo en la noche, solo, con tantas palabras atrancadas y rotas como me nacían?

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