Chicles

De niño me gustaba robar chicles en las tiendas de abarrotes. Era una tentación incontrolable. La mano se me ponía en ristre, tensa, y sin mi consentimiento se iba extendiendo poco a poco hacia la cajita de chicles que normalmente el abarrotero tenía en el mostrador, pero fuera del marco de su vista. A don Beto, el abarrotero de la tienda a la vuelta de casa de mis abuelos, le robé una cantidad enorme de chicles motita, sabor plátano. Siempre que lo hacía sentía que el corazón se me salía por la boca. Por las orejas. Por los orificios de las nariz. Pum pum pum pum. Instante único ese que transcurría del momento de agarrar el chicle al momento de introducirlo entre mis ropas, mucho mejor al instante de masticarlo, que ya era accesorio. Esos hábitos uno cree que se quedan en la infancia, pero no es así. Lo persiguen a uno con los años, vaya uno a donde vaya. Hace un rato estuve en una tiendilla de abarrotes de aquí de mi barrio, en Brockville, y vi los chicles en el mostrador, debajo de la caja registradora, fuera del marco de vista del tendero. Aquello que sentí en la infancia lo volví a sentir aquí, intacto, treinta años después. La mano, sin mi consentimiento, se me puso en ristre, tensa, y poco a poco se empezó a extender hacia la cajita de chicles. Unos milímetros antes de llegar, alcé un poco la cabeza y mi ojo derecho quedó justo en el ojo de la cámara de vigilancia, al tiempo que el abarrotero me decía: seis dólares. La misma mano con que iba a hacerme de unos chicles me la introduje en el bolsillo trasero, saqué la cartera y pagué el sángüich y la Coca-Cola. No lo lamenté: al salir a la calle sentí lo mismo que sentí aquella vez: el corazón se me salía por la boca. Por las orejas. Por los orificios de la nariz. Pum pum pum pum, y la felicidad quedó, otra vez, intacta.

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