Circo

Me gustan los circos. Soy tan adicto a ellos como a las ferias, los mercados y las librerías de viejo. Pero, como todo en la vida, hay de circos a circos. O eso creía. En realidad no es que haya de circos a circos. Hay, más bien, de personas a personas, que son las que hacen que haya de circos a circos. Son los anteojos que nos encajamos en el tabique de la nariz los que nos hacen ver la realidad de una u otra manera: el cristal, dicen, con que se mira. Ayer, por ejemplo, fuimos mi hija y yo a uno. Veinte pesos por persona, adultos y niños. Pagamos y nos sentamos en gradas, junto a la entrada. Había música estridente y pirotecnia de luces, pero la función no empezaba. Todo parecía suceder en cámara lenta.  Las muchachas caminaban desangeladas, vendiendo varitas luminosas, narices de payaso, raquíticos algodones de azúcar. Una capa de polvo cubría la gradería, las sillas y los palcos, que olían a herrumbre. Era un circo pobre. Muy pobre, a decir verdad. Me entristeció verlo así. Imaginé las penurias de los malabaristas y domadores, las dificultades del dueño para pagarles, las ganas de tener, algún día al menos, un golpe de suerte: alcanzar la gloria.  Ya viste, le dije a mi hija señalándole, con cierta consternación, el techo agujereado.  Mi hija alzó la vista, abrió los ojos como plato y con una cara de alegría que no le había visto nunca, me dijo: sí, papá, ¡se ven las estrellas!

 

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