Ciudad adentro

Hay una historia de relaciones secretas entre mi ciudad, lejana, y yo. Unos cables sentimentales de pertenencia que sólo mi ojo izquierdo, o mi rodilla derecha, o mis manos, o pie, conocen. Nadie podría imaginarlo, pero son lugares, pasajes, edificios que a nadie más pertenecen sino a mí, a ciertas horas del día o de la noche. Por ejemplo: justo a las cinco de la tarde es mía la calle Gabino Barreda, específicamente el tramo que va de la avenida San Fernando a la calle Madero. De nadie más son esas banquetas, esos árboles, la gente misma estática para mis ojos, el cielo, de nadie más que de mis pasos. El miércoles por la noche de cada semana es sólo mía la tortería La Polar. Podrán haber cinco o seis parroquianos ahí sentados olisqueando o comiendo, pero el peso del cuchillo que rebana el jitomate o el hielo que se derrite en la hielera de refrescos, incluso el olor del chile jalapeño o el vapor que sale de las bandejillas es un lenguaje que sólo yo conozco, y entiendo. Nadie más podría descifrar, por ejemplo, el gris del cielo en los atardeceres del domingo, justo al salir de la función de cine en Zentralia. Es verdad que hay gente que, al salir, mira al cielo, pero también es cierto que sólo escucha rumores indescifrables, ecos de voces, estertores. Yo, en cambio, a esas horas del domingo, justo al salir de la función de cine, descifro el gris del cielo, sé del bien o del mal por sus rumores, reconozco en sus ecos de voces lo que vendrá mañana, o el día después de mañana. Hay una historia de relaciones secretas entre mi ciudad, lejana, y yo. Unos cables sentimentales de pertenencia que sólo mi ojo izquierdo, o mi rodilla derecha, o mis manos, o pie, conocen. Y nadie más.

Ecos de la Costa

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