Ciudad dividida por un río

Lo tenemos en las narices, pero no nos damos cuenta. No lo vemos, aunque nos golpea la frente. Porque solemos buscar en el cielo lo que normalmente tenemos bajo los pies. Porque seguimos la línea del horizonte en lugar de la línea de nuestra mano. Lo que pasa en mi ciudad, por ejemplo, es lo que pasa en mi país. Mi choza es universal, así lo pensaba el otro día que recorría a cuatro llantas Colima. Me di cuenta de que, como México y Estados Unidos, mi ciudad está dividida por un río. El norte es la zona rica. El sur, la pobre. En el norte, por tanto, está la civilización. En el sur, la barbarie. En el norte, sobre todo de la Felipe Sevilla del Río hacia arriba, los comercios tienen nombres en inglés. Allá está, por ejemplo, el Colegio Inglés. En el sur, en cambio, sobre todo por la Avenida 20 de Noviembre, todavía se venden tamales y atole, no hay grandes centros comerciales ni butics, y da la impresión de que el tiempo no ha pasado ni por las calles empedradas, ni por las casas, ni por los rostros. Los del norte, en ciertos momentos reveladores, están convencidos que los verdaderamente felices son los del sur, mira cómo se divierten con las fiestas que organizan en la calle cerrada por dos vehículos atravesados. Los del sur, en ciertos momentos de frustración, creen que los del norte no se merecen lo que tienen, aunque sueñan con ser como ellos. El día que este río se seque, y no haya norte ni sur, mi ciudad será otra. Entonces todos podremos, ahora sí, detenernos a escuchar el canto de los pájaros.

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