Colchón de esponja

Era un colchón de esponja que antes había sido la cama de mi hijo. Cuando le compramos colchón nuevo, lo abandonamos en el sótano. Esta vez lo necesitaba como asiento para un diablito en el que mi hija quería que la paseara. Así que le corté un poco menos de la mitad. Lo puse en el diablito pero mi hija quería también apoyar la cabeza. Entonces corté la otra mitad de la mitad que había cortado, y la coloqué en el lugar indicado por mi hija, que quería que la paseara por el jardín de la casa. Lo hice. Pero después me pidió que usáramos el colchón para dar marometas en el brincolín. Le dije que estaba roto, y le enseñé las partes. Me dijo que con una cinta podíamos pegarlas de nuevo. Le dije que no, pero ella insistió. Entonces saqué una cinta canela, armé de nuevo el rompecabezas y encinté las partes, por una cara y la otra. Levanté el colchón, pero la cinta se despegó de una juntura, y luego de otra. Volví a recostarlo y le puse más cinta, una vuelta y otra más. Lo metí con cuidado en el brincolín: podía sentir su fragilidad, roto como había estado antes. Mi hija dio dos marometas, tres, y me pidió que la secundara. Me rehusé un instante y al final cedí. Di una marometa. Lo consabido: el colchón volvió a romperse. Verlo ahí, con la cinta desprendida y las junturas abiertas como cicatrices, me hizo pensar inmediatamente en lo mucho que se parece nuestra alma a ese colchón de esponja que un día se rompe y al siguiente, cuando queremos ensamblarlo, nos damos cuenta que ya nunca quedará igual.

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