Colima en Google maps

Nada disfruto más en las noches que andar las calles de mi ciudad. Desde que puedo andar las calles de mi ciudad a través de internet, no hago otra cosa que echarme una mochila al hombro y salir a recorrerlas. Todos los seres y las cosas están como detenidas en el tiempo, o como si se quedaran totalmente inmóviles para verme pasar o sea yo quien las mire en su quietud, ajenas al paso de las horas y minutos. Cuánto daría por tener un trabajo de caminador de las calles de mi ciudad. Que alguien me contratara para ir registrando las grietas de las bardas, las ramillas quebradas de los árboles, los esquilines muertos al cruzar de una banca del jardín a la otra. Etcétera. Eso es lo que hago mientras recorro las calles de mi ciudad a través de internet. El otro día, por ejemplo, me fui caminando desde la glorieta del DIF hasta la del Rey Colimán. Iba paso a pasito viendo edificios, automóviles, reconociendo fachadas, anuncios, oficinas públicas, comercios. Incluso reconocí gente que me he encontrado y con la que he conversado más de alguna vez aquí y allá. Me dio mucha alegría verlos ahí, aunque estuvieran estáticos, con una mano suspendida en el aire y la otra metida en la bolsa del pantalón. Me gusta andar las calles de mi ciudad así porque puedo darle al zoom de la camarita y detenerme, sin el riesgo de un exabrupto, en los rasgos de aquéllos que van cruzando la calle, o los que esperan el autobús en una esquina, o los que están detenidos en un semáforo. Doy hacia adelante y hacia atrás. Me detengo a observar los detalles. Hurgo en cada resquicio o rincón, en cada hendidura. Y no sé por qué, por alguna extraña razón, siempre tengo la esperanza de que, de un momento a otro, todo eso que parece una fotografía empezará a moverse súbitamente, y los coches subirán o bajarán, y las ramas de los árboles se moverán al capricho del viento, y la gente saldrá o entrará a los edificios, y, súbitamente también, los que me conocen o conozco me saludarán con una mano y con la otra, y me dirán que vuelva, que no han dejado a veces siempre de estarme esperando.

Ecos de la Costa

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