Consejos para el escritor que apenas empieza

Lo único que puede sostener al escritor que apenas empieza es la lectura y los sueños. El sueño de ser un gran escritor. También escribir. Hacerlo, de preferencia, todos los días: en las mañanas, en las tardes, en las noches. De una parada de autobús a otra. En la sala de espera de un consultorio médico. Entre la clase de historia y la de política. Sus propias revelaciones, esas fotografías del porvenir que se le cruzan de súbito en el camino y lo hacen tropezar, son mejores consejeras que talleristas literarios, padres de familia, tíos, el cura de la iglesia o un maestro bienintencionado. Por eso hay que preferirlas mejor que a ferias de libros, congresos de escritores, presentaciones de antologías literarias o noches bohemias, cánceres del escritor que apenas empieza. Que se olvide de la fama y de las influencias, porque la primera no existe y las segundas, tampoco. El escritor que apenas empieza es su propia influencia y está en lo que vio, escuchó, creyó, lloró, amó, odió, deseó, imaginó, suficiente para escribir un libro de páginas interminables. Un último consejo: el escritor que apenas empieza debe viajar, porque los viajes instruyen. Si tiene poco dinero, que viaje al menos en su ciudad. Si no tiene nada, que lo haga en su barrio o en su propia casa, de la cocina al cuarto de servicio, del cuarto de servicio al cuarto de dormir, del cuarto de dormir al jardín. Sólo este viaje le confirmará todo esto que le acabo de decir.

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