Cruzar la frontera

Para ir a Barcelona tuvimos que pasar antes por Phoenix, Philadelphia y Madrid, lo que no está mal si consideramos que el verdadero viajero es aquel que siempre retarda la llegada a su destino. Aun así, hay que reconocer que en los aviones se duerme mal y en los aeropuertos se come peor. Además, lo más terrible son los controles de seguridad, sobre todo en Estados Unidos, ese país acosado por todos, y no sin razón. Yo creo que a poco estamos de desnudarnos completamente y de hacer una larga pasarela por un túnel de rayos ultravioletas. En Philadelphia, por ejemplo, me abrieron la maleta y me buscaron dobles fondos en el maletín de la computadora, creyendo que traía droga. No encontraron nada, salvo unas toallas femeninas que me había pedido mi mujer que le guardara porque ya no le quedaba espacio en su neceser. Luego de mirarlas con cierto asombro,  el guardia las regresó a su sitio.Antes de que me dejaran en libertad, pregunté  por pura curiosidad: ¿qué les hizo sospechar de mí, oficial? El oficial levantó la ceja y dijo:  que nos dijeras que eras profesor universitario y escultor. ¿Escultor?, dije yo, creyendo que me dejaban un hueco para resarcir tremenda injusticia.  Y luego agregué: si yo dije escritor. Lo mismo da, no te creímos, intervino el acompañante,  aún incrédulo. Yo tampoco lo habría creído, es verdad, dije profiriendo una deslucida sonrisa y colocándome, otra vez, en la interminable fila de acceso a las puertas de embarque.

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