Cuerpo y Estado

Pienso, a veces, que mi cuerpo es mi país. Quiero decir México, mi país. O Nueva Zelanda, también mi país. Así que pienso, a veces, en la posibilidad de que un día, por una cuestión insospechada, las partes de mi cuerpo entran en guerra. Y entonces, por ejemplo, una mañana, al despertar, me encuentro con que mi mano derecha le ha cortado un dedo a mi mano izquierda (nomás por las ganas de tener seis dedos y no cinco), y con que mi ojo derecho ha tapado con una venda mi ojo izquierdo para impedir que vea el paisaje que él (mi ojo derecho) está viendo y considera de su propiedad, y con que mis muelas del juicio han entrado en una batalla campal para ocupar la primera posición de mi dentadura, esa que aparece siempre cuando sonrío, o con que uno de mis riñones se ha puesto en paro indefinido porque considera que ya ha trabajado más que su pareja. El asunto es que, al despertar, me encuentro con una disputa a muerte entre las partes de mi cuerpo, todo por la envidia de unas, la ambición de otras, la gula y el egoísmo de otras más, etcétera. Entonces yo, agradecido por haber despertado antes de que llegara la sangre al río, como presidente o gobernador o alcalde de mi cuerpo, empiezo, con las leyes dictadas para el caso, a meter en cintura a manos, pies, riñones, ojos, muelas, etcétera, no sólo para salvarlas a ellas de la desgracia, sino, aún más importante, para asegurarme la vida yo mismo. Pienso, a veces, que mi país es mi cuerpo. Quiero decir mis manos, mis ojos, mis riñones, mis muelas. Así que pienso, a veces, que el gobierno olvida que la destrucción de sus gobernados (sociedad civil, indígenas encarcelados injustamente, cárteles de la droga, autodefensas, curas pederastas, narcopolíticos) es, finalmente, la ruina de sí mismo.

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