Debates

Tengo dos hijos. Un niño y una niña. Con personalidades antagónicas. El último debate esta mañana, antes de ir a la escuela: a mi hijo no le gusta saber lo que su madre le manda de comer para la hora del recreo. A mi hija: sí. Salí de mi guarida (este escritorio en un rincón de la casa) y fui por mi café. Al puro abrir la puerta me encontré con el debate en las narices. Mi mujer perdía ya los estribos. Mi hijo se tapaba las orejas: no quería escuchar a su madre diciéndole a su hermana lo que había puesto en su lonchera. Mi hija, en el otro extremo de la mesa, insistiendo: “Dime qué me mandaste, dime qué me mandaste, dime”. Yo en medio del desaguisado. Pido una explicación, mi mujer me da un resumen. La insistencia de mi hija sigue en aumento. Las orejas de mi hijo ya están rojas, de lo apretujadas. Mi mujer corta queso, saca pan, embadurna mermelada, casi se corta ella misma. Esperen, propongo: “Dímelo a mí y yo voy y se lo digo en secreto”. La solución parece convencerles. Mi hijo continúa con las orejas tapadas. Mi mujer se acerca a mi oído y me susurra lo que le ha puesto de desayuno en la lonchera. Una vez recogida la información me desplazo hasta el otro extremo de la mesa y me acerco al oído de mi hija. Le susurro bajito bajito lo que me ha dicho su madre. “Ya, listo”, digo, como el juez que ha salido airoso de su veredicto. Mi hijo se quita las manos de las orejas. Mi hija grita: “¡Ah, claro, burrito con frijoles!”. En el fregadero se oye que se rompe un plato.

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