Diario íntimo

Tiene uno autores que son espejos, espejos que, a su vez, se miraron en otros espejos y que, al final del día, no fueron espejos sino ventanas hacia dentro. A mí me sucede esto con ciertos autores. Por ejemplo: Amiel. He llegado a pensar que si yo tuve otra vida antes, digamos en el siglo pasado, y que si en esa vida también tuve el mismo oficio que en ésta, entonces fui Amiel. Pero sólo el Amiel de su Diario íntimo, y no otro. Siendo así, yo seguramente escribí esto mismo que reproduzco de él, o del yo que fui antes. Escribe Amiel: “acabo de seguir a Maine de Birán, de los veintiocho a los cuarenta y ocho años, por medio de su Diario íntimo, y una multitud de pensamientos directos, personales, comparativos o científicos, me asaltaron sucesivamente. Subrayemos los que me conciernen. Me encuentro a mí mismo con todos mis defectos en ese eterno observador de sí mismo: indecisión, desaliento, inconstancia, necesidad de simpatía, obras incompletas; con mi hábito de verme pasar, sentir y vivir, con mi incapacidad creciente para la acción práctica y la observación exterior y con mi aptitud psicológica. Pero también descubro diferencias grandes que me reaniman y me consuelan.” Lo reproduzco, olvidé decirlo, en mi Diario íntimo también, para que sea leído por mí en mi próxima vida, y reproducido tal como yo lo hago ahora, en otro Diario íntimo, por otro hombre igualmente desengañado también, y acaso triste, irremediablemente.

 

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