Doble cara

Todas las cosas tienen una doble cara. La cara de la alegría y la cara de la tristeza. La cara de la honestidad y la cara de la inmundicia. La cara del amor y la cara del desprecio. La cara de lo cercano y la cara de lo distante. Todas las cosas, a saber, tienen una cara buena y una cara mala. La cara buena tiene grandes explanadas, jardines botánicos, una playa azulísima en el Caribe, dos perrillos falderos. La cara mala, por el contrario, es menos que un breñal, un pequeño apartamento en medio del desierto, sin servicios ni ventanas, ni siquiera un espejismo o una víbora de cascabel. Cualquiera podría pensar que para distinguir la doble cara de las cosas sólo necesitamos un miralejos o un microscopio, pero no es así. La doble cara de las cosas es más escurridiza que un ladronzuelo y a veces nos encontramos con que lo que creíamos que era la cara de la alegría en realidad era de la tristeza, o la que creíamos que era la cara del desamor en realidad era de la honestidad, o la que creíamos que era la cara de lo distante era en realidad la del desprecio. Y así. Todas las dobles caras rotando como el rotavirus, todos los días, a todas horas, siempre, de tal manera que nadie sabe al final del día con qué cara se acuesta, con cuál se levanta, si disfruta con la de la tristeza, si regresa con la de lo distante, si brinda con la del desprecio o, y esto sí sería lo más grave, si ama cada célula o borde de la mujer que ama, cada rincón de su alma o espalda o pelo, con la del desamor.

Ecos de la Costa


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