Dos mujeres

                                                                                                                                                     para mis dos B

Debo confesarlo: tengo dos mujeres. Con una llevo dieciocho años y con la otra apenas seis, aunque en realidad pareciera que llevo ya dieciocho años. No se lo deseo a nadie: lo más difícil es repartir las noches con una y con otra, siempre es una batalla que hay que librar, aun cuando ambas se conozcan y tengan más que un punto en común. Los celos vienen ya con el paquete. Que si yo soy más bella que la otra, dice una. Que si yo soy más inteligente que la otra, dice la otra. Las dos se visten y arreglan para agradarme, pero a mí ya me da igual, lo que me une a ellas es, con todo, más profundo todavía. Es en las pequeñas cosas donde pierdo, sin embargo. Las idas, por ejemplo, al supermercado. Porque, debo decirlo, vamos juntos, soy un hombre agobiado por el trabajo y ni pensar que pueda pasarme la vida en el supermercado. Ahí se libran contiendas difíciles de sortear: que a él le gustan más las pechugas de pollo, dice una. No, las alitas y los buches, dice la otra. Que el jamón ahumado, dice  una. Que el jamón serrano, dice la otra. Pareciera que habitamos el mismo espacio, pero en realidad nos separa, por decirlo de algún modo, un muro. Por eso, siempre que hablo, aun cuando sea en voz muy baja y como para mis adentros, las dos me escuchan, así esté a cientos de kilómetros de distancia una de la otra, y yo mismo de ellas. Lo de los cientos de kilómetros de distancia es un decir, por supuesto. Lo que quise decir es que en realidad no hay forma de que una no escuche lo que le digo a la otra, y viceversa. En muchas ocasiones he dicho, por ejemplo, “chaparrita”, y las dos, casi al unísono, desde sus orillas, que a veces puede ser la distancia que hay de un extremo de la mesa al otro, han contestado: mande. Quisiera un día cerrar la puerta con llave, tirarla al río, hay uno a la vuelta de casa, por cierto, e irme para siempre. Pero no puedo: ellas me necesitan, y yo las necesito a ellas, ni pensar que pudiera yo arreglármelas solo en el supermercado, la mesa del comedor o el espejo de luna de mi armario, en donde siempre, por supuesto, aparecen a mi lado.

 

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