El ciego

Lo encontré en el estacionamiento de la Universidad, parado sobre el borde de una jardinera, con el bastón blanco en su mano derecha y sus ojos apuntando fijamente hacia el muro de la otra acera. Yo también estaba parado sobre el borde de la jardinera, pero en lugar de bastón tenía mi celular y mis ojos volteaban hacia uno y otro lado de la calle. Luego de unos segundos me detuve en él, que seguía en la misma posición, salvo que la punta de su bastón se movía haciendo círculos. Círculos impacientes que casi rasgaban el concreto, como cuando esperas afuera de un baño público a que salga el usurario que lleva ya dos días ahí adentro. Pensé en todo lo que podía yo hacer que él no y en todo lo que yo no podía hacer que él sí, y tal vez una de las cosas que él siempre lamentará de lo que puedo yo hacer es haber visto la expresión de felicidad de esa chica de pelo rubito que, desde el final de la calle, corrió desesperadamente en dirección nuestra, cruzó dando un salto por en medio de dos automóviles mal estacionados, continuó por un costado del parqueo de bicicletas, se detuvo con los brazos abiertos frente a él y lo abrazó fuertemente contra toda su humanidad, ocasionando con esto que su bastón se fuera de bruces contra mis pies, que también, como yo, lamentaron no haber sentido lo que él sintió.

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