El espejo en que te miras

Cuando vi a la anciana con lo mofletes amoratados y con los tubos metidos en la nariz y las sondas en las endebles venas en la cama del Dunedin Hospital –al que no había ido desde aquella piedra en el riñón que casi me mata-, no pude evitar pensar en lo estorbosa que se hace la vejez cuando nos medra la fuerza indispensable para mantenernos en pie, o ser capaces de ir y volver del baño, o cruzar una calle, o siquiera llevarnos la cuchara a la boca. Quiero decir lo indispensable, pues. Quizá por eso no pude evitar escuchar las quejas que escupe la enfermera cuando la anciana –que puede ser tu madre, o tu hermana o prima- le llama para pedirle que le ayude a reclinar un poco la cama o el sillón en el que está sentada, o para abrirle la ventana o ponerle en la espalda un cojín, o quitarle los zapatos, o simplemente para conversarle dos, tres palabras, y así con ello tapiar la soledad que cómo la invade desde que sale el sol hasta que se mete, y los reniegos, también, de los familiares a los que la anciana les llama para que vengan a visitarla aunque sea cinco minutos, familiares que prefieren mejor no contestarle el teléfono y que deciden seguir comiendo la sopa caliente de codito sin imaginar siquiera que los ojos de la anciana, y el corazón anciano que tiene, y toda su piel que es un pergamino, inservible al parecer ya, todavía siente, y respira todavía –con espasmos, sí, pero aún respira-, y todavía puede mirar cómo esos que la esquivan o le dan con la punta del pie –escupitajos, empellones por la espalda, etcétera- van también al mismo lugar a donde ella va, sin saber que incluso pueden llegar antes que ella. Porque la muerte es así: una perra que no respeta amo y que muerde toda mano, incluida aquella que, por supuesto, le da de comer.

Ecos de la Costa

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