El jardín de Sísifo

La vida no tiene revés. Es una sola desde las ocho y cuarto en que se levanta para ir al trabajo y las diez y media en que se acuesta a dormir nuevamente. Y todos los días lo mismo la vida, salvo el descanso de diez minutos para tomar el almuerzo o ir al baño. Pero fuera de ahí (y de las vacaciones semestrales), la vida no tiene revés. Es una podadora automática que va arrasando piernas, brazos, buenos empleos, esperanzas, hasta que te convierte en composta o en polvo. La vida es una flor amarilla que se extingue al siguiente día de nacer, ahí en tu jardín. Lo demás es hierba y matojo, que nunca se acaban. La flor amarilla de la vida es, por ejemplo, el recuerdo de tu país a la hora del café de la tarde. O es: un barquito yendo a tu país. O es: un barquito que llega de tu país al puerto de la isla donde vives. La flor amarilla es también la fotografía que tienes de tus padres y amigos (los que quedan) sobre tu mesa de trabajo. Lo otro es hierba o matojo, que no se acaban. Los empiezas a cortar el sábado pasado y es hora que no terminas. Y cuando crees que has acabado el jueves que entra, te das cuenta que todas las hierbas y matojos que cortaste el sábado pasado (es decir: tu hermano enfermo, tu país en ruinas, tu hambre sin salario) ya están otra vez en pie, erguidos, retadores, soberbios, como la muerte.

La Jornada Semanal

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