El origen de la violencia


Cuando era secretario actuario del Tribunal de Justicia me tocó embargarle a un hombre la maquinita con la que hacía obleas, una mañana de junio. El hombre vivía en los límites de La Estancia, en una casa que apenas era un cuarto de lámina de asbesto, el suelo de tierra y las paredes agujereadas. El hombre nos vio llegar, al abogado que llevaba el caso y a mí, y siguió con lo suyo, como si ya supiera justamente a lo que íbamos. Le hice saber el motivo de la demanda y le pedí que señalara bienes para el embargo. El hombre dijo que lo único que tenía era esta maquinita con la que estoy haciendo obleas, señores, y que era el solo instrumento que tenía para vivir. Miré al abogado y, antes de decir cualquier cosa, el abogado se adelantó diciendo que nos lo teníamos que llevar. Entonces el hombre sacó la oblea que hacía, metió en una bolsa negra la maquinita y me la extendió. Yo levanté el acta correspondiente y al cabo de un par de minutos regresamos por donde habíamos venido. Hoy, después de casi quince años del hecho, me sigue desmembrando los huesos. La diligencia fue algo legal, es cierto, pero jamás justa, como casi todo en mi país. Todavía hoy creo que debí haber pagado con los cinco pesos de salario que tenía los tres pesos que debía ese hombre, cuyos ojos me siguen todavía por la espalda, a donde voy. Los siento ahora mismo que escribo estas palabras.

Ecos de la Costa

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1 comentario en “El origen de la violencia”

Gracias, Rogelio, por esta lucidez tuya a veces tan dolorosa.

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