El tiempo que viene estuvo aquí

En un tiempo de la vida, cuando fuimos jóvenes, un matrimonio muy joven, mi mujer y yo no  teníamos dinero ni para ir a un restorán o un café, y cómo lo añoramos, ir al restorán o café por la noche, beber sin ninguna preocupación, volver a casa, ver una película, etcétera. Trabajábamos en empleos mal remunerados que se nos disolvían de las manos pocos días antes de la siguiente quincena. Luego vino una racha en que los sueldos nos aumentaron proporcionalmente a las ganas de tener un hijo, pues llevábamos ya siete años viviendo juntos y habíamos escuchado bellas historias al respecto. Un hijo que se pareciera a mí, caray, y saliera conmigo a recorrer el parque sobre mis hombros, llevarlo al circo o a la feria, ponerle a brincar sobre mi panza en las noches. Qué belleza. Entonces las ganas de ir al restorán o café volvieron a disolverse pues el hijo que llegó requería muchos cuidados, y aparte trajo más gastos, y en las noches lo que queríamos era, más que ir a un restorán o café, dormir. Dormir siglos de ser posible. Cuando ya el hijo llegó a esa edad de la independencia, podía ir al baño solito, dormía de corrido, incluso era capaz de quedarse con sus abuelos sin chistar, nosotros creíamos que ese sueño de ir al restorán o café había llegado por fin, pero no nos dimos cuenta de que al poco tiempo recibimos la noticia de que otro hijo venía en camino. ¿Cómo fue eso? No lo sabemos. Era una niña y nacerá en abril, nos dijeron. Nos miramos a la cara, recuerdo, y no nos encogimos de hombros nada más porque pobre de aquel que se encoja de hombros al recibir la noticia del advenimiento de un nuevo hijo. Entonces volvimos a empezar. Ayer que pasábamos por el centro de la ciudad de Dunedin, acá en Nueva Zelanda, y vi a los jóvenes comensales sentados en las mesas de afuera del restorán, ya casi a mis cuarenta años, pensé que tal vez cuando los hijos crecieran e hicieran su vida mi mujer y yo tendríamos acaso todo el tiempo del mundo y el suficiente dinero para ir a un restorán o café, pero como suele pasar siempre en la vida, ya no tendríamos ganas. Así nomás: simplemente ya no tendríamos ganas. Y ahí se acabaría la historia.

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