El todo y la parte

Cogí del frutero una naranja, recorrí la silla y me senté a la mesa. La descascaré con las manos, enterrando la uña de mi pulgar en uno de sus extremos. Mientras la comía, hablaba con mi mujer del futuro. Hacíamos planes para prevenir males insospechados, alentar dichas. Mi mujer decía que estábamos bien. Yo le decía que podríamos estar mejor. Una conversación normal, nada extraordinaria. El asunto es que mientras hablábamos yo troceaba en pedacitos la cáscara de la naranja, uno a uno iban quedando como pequeñas migajas arrojadas como alimento para las palomas. Mi mujer me advirtió que sería después más difícil juntarlas para tirarlas a la basura. Primero no advertí lo que escondían sus palabras, pero después me di cuenta de que era verdad. Cuando la cáscara estaba separada en solo dos grandes pedazos, bastaba para unirlos empalmar uno sobre el otro, y ya. Sin embargo, ahora que la había hecho trizas, unirlos me resultaba imposible, pues algunos se me caían de las manos, escapándoseme de entre los dedos. Imposible devolverlos a su antiguo origen, como parte del todo que fueron. Ahora eran solo fragmentos, desprendidos y desperdigados, y así ya no servían en realidad para nada. Aprendí, entonces, la importancia de que la parte esté integrada al todo y el todo, salvo que una de sus partes afecte a la voluntad del todo, esté entregado a cada una de sus partes, de otra forma perdería toda utilidad y fortaleza, y sería como esos parques limpísimos y llenos de bellos juegos pero sin un solo niño que pueda disfrutarlos.

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