El vecino de al lado

Hace no mucho salió una noticia en la que se daba a conocer a un hombre que había tenido secuestradas a tres mujeres en una casa, una de ellas con un hijo parido durante tal cautiverio. Las tuvo secuestradas diez años. Algo terrible. En las declaraciones tomadas a los vecinos lo que más llamó la atención fue el asombro que mostraron, sobre todo porque nunca imaginaron que ese hombre que se veía tan pacífico, con el que habían incluso compartido carnes asadas y que había sido un intachable chofer de transporte escolar fuera prácticamente un asesino. No lo podían creer. Qué indignante. Esto más o menos me sucedió a mí hace unos días que el periódico local de Duendin publicó una nota sobre mi novela El crimen de Los Tepames. Con mi foto. Las consecuencias las viví ayer que fui a la tienda de abarrotes a comprar una barra de pan y un litro de leche. Mientras caminaba por los pasillos sentía la mirada de los compradores, una mirada sesgada y esquiva, a saber. Fue el tendero quien rompió el silencio y se dirigió a mí aludiendo a la foto que había aparecido en el periódico como una nice picture, y que no sabía que yo era escritor. Abierto ya un hueco para poder colarse en la conversación, algunos de los compradores se acercaron para saludarme y preguntarme un poco sobre el tema, a lo que yo respondí amablemente. Salí de ahí sintiendo que sus miradas se iban de bruces contra mi espalda, y no pude dejar de imaginar las declaraciones que darían de ser interrogados por el mismo periódico local. ¿Usted ya sabía que el mexicano de la casa con cerca verde no es el narcotraficante que en las mañanas sale a correr en pans oscuro y en las noches deambula por las calles solitarias del barrio sino un escritor que se pasa horas sentado frente a un computador sin más armas que un diccionario de sinónimos y antónimos? Algo terrible pero no, contestarían seguramente los vecinos. Sin poderlo todavía creer, a decir verdad.

 

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