En/cadenados o la crítica mexicana hoy

El otro día que pensaba en la libertad –pensando como lo hacían, digamos, Protágoras o Aristóteles-, esto es pensando sin ideas preconcebidas o prejuicios literarios o incluso sin miedo al qué pensarán, me di cuenta de que en las cosas simples, del diario vivir, en esa lógica o sentido común que accionamos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos para subir una escalera o abrir una puerta o incluso para hacer fila en un banco, decía, me di cuenta de que ahí en esas cosas simples, y no en la Biblia o en la Crítica de la razón pura, se encuentra la respuesta a muchas preguntas que creemos que no tienen respuesta. Por ejemplo: el otro día ví una cadena que amarraba a una bicicleta a un poste y pensé, así con simpleza: esa bicicleta no puede ir a ningún lado si antes el dueño no le desamarra la cadena. Claro, una bobería que cualquier nene podría entender. Pero luego dije: ¿entonces por qué no podemos entender que siendo la verdad la representación más alta de la libertad (dicen que la verdad te hará libre) no somos capaces de decirla así tal cual nos llega a la cabeza? Ah, podría decir el nene entendedor, porque tenemos cadenas. Porque libertad y cadenas son palabras que no se llevan bien. Y si tienes cadenas no tienes la libertad de decir, por ejemplo, enteramente lo que piensas. Y si tienes libertad, entonces no tienes cadenas y puedes, ahora sí, decir lo que se te antoje. Es como la fábula de la bicicleta y las cadenas que refería hace un rato. Si la bicicleta está amarrada al poste, el dueño no se la puede llevar. Pero cuando no la tiene, entonces el dueño –y hasta el amigo del dueño- se la puede llevar. La solución para el asunto de las cadenas que encadenan a la libertad de decir lo que piensas parece muy difícil, pero no lo es tanto. A eso se llega –pensaba yo intentando hacerlo como lo hacían, digamos, Protágoras o Aristóteles- reconociendo primero que uno tiene esas cadenas ahí y, luego que uno lo sabe, se necesita no tener miedo ni consideración para romperlas. Y si uno ve que no puede con una sola mano –es decir, que son muchas las cadenas que uno tiene, como muchas las canonjías o prebendas, como muchos los compromisos o las conveniencias- pues entonces necesita uno comprar maquinaria pesada –un libro de Séneca o Cicerón, una pistola 9mm, un refugio arriba de una montaña, una brújula, un reloj exacto para no perder el tiempo en boberías, etcétera- para entonces sí hacerlas añicos. El trabajo es arduo –y puede costar reproches, humillaciones públicas, odios, envidias (porque quiénes no envidiamos a los libres)-, pero ni eso duele ni nada se compara con haberse librado de las cadenas. Las cadenas hechas añicos en el suelo lo justifican todo, incluyendo la rabia que produce saber que hay quienes logran vivir sin cadenas algún día, y consiguen ser árboles (o arbustos, si se quiere) pero no sombras de árboles, y que consiguen decirle al Corrupto, sin miedo, también un día: hey tú, Corrupto, chinga a tu madre. Qué bien se siente decirle al corrupto chinga a tu madre. Chinga a tu puta madre, Corrupto. Para luego hacerle un recuento de sus corrupciones. Caray, qué bien se siente poder hacerlo. Se siente uno verdadero –como seguramente se sintieron Protágoras y Aristóteles-, se siente uno con ganas de no dormir en cinco días con sus noches de la pura libertad.

Ecos de la Costa

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