Enredadera

El vecino de al lado construyó una pequeña cerca de alambre recosido hace poco más de dos años. La colocó entre dos árboles, sobre los cuales clavó sus extremos. La cerca quedó bien tensada. A los pocos días trajo una pequeña planta, que sembró en medio de la cerca. Era una enredadera. Los meses pasaron y la enredadera crecía, con sus tentáculos de azúcar. El vecino la iba dirigiendo. Abrió unas ramas hacia un lado y otras, hacia el otro. Hace unos días salí y vi la cerca completamente poblada por la enredadera. Una enredadera frondosa, como un algodón de nieve. ¿Qué habría pasado si la enredadera no hubiera tenido esa cerca? ¿qué habría pasado si las manos del vecino no hubieran dirigido sus ramas? Algunos hijos son enredaderas, pensé. Pequeñas plantas que uno siembra al pie de uno mismo para que crezcan y se enreden en la vida. Ocupan de nuestras piernas, de nuestra espalda, la guía de nuestras manos, para escalar, y entonces suben, suben hasta rasgar el cielo. Nuestra cabeza es la tierra en la que están hundidas sus raíces. Pero sus alas ya no nos pertenecen.

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