Este decir y no decir

Parece ser que el juego del decir es como la casa del jabonero: el que no cae, resbala. Al elogio lo relacionan invariablemente con el interés, ese “algo quiere” del que nadie escapa. Al vituperio, con el resentimiento, ese “algo no consiguió” del que, tampoco, nadie se salva. ¿Y entonces qué hacer?, parece ser la pregunta. Si digo, porque digo. Si no digo, porque siempre algo me falta. La respuesta es una sola y es, para este y todos los casos, una respuesta desvergonzada: haz lo que te venga en gana. Sin ser un obstáculo para los otros: sé tú mismo. Tú (el mismo) desde que te acuestas hasta que te levantas, despeinado el cabello o rasurada la barba. Impasible de ti: terco como el clamor del agua. Qué bello es el juego del decir, ese viento libre del pensamiento. Camarote individual, distancia a la que llegas de un salto, árbol de una sola rama: nada te apure si llegas tarde o no llegas, si estás o mientras tanto, si acaso escuchas el aleteo de un ala. Yo estoy aquí, solo, leyendo los ensayos de Montaigne, siendo el mismo que seré hace cuatrocientas distancias. Como León Felipe: con estas mismas ideas, con estas mismas obsesiones y, para no perder la altura, en esta misma casa.

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