Exilios

Los que se quedan no saben que al que se va lo empiezan a olvidar las cosas y los seres que dejó. Lo empieza a olvidar la silla donde se sentaba a contemplar el día, lo empieza a olvidar el autobús que tomaba para ir al trabajo, lo empieza a olvidar el cepillo de dientes de todas las mañanas, las camisas y zapatos, la cucharita. Los que se quedan no saben que el que se va llega a un país o casa hecho de cosas y seres que no lo reconocen, y ni siquiera pueden señalarlo con el dedo. No lo reconoce la silla donde se sienta a contemplar el día, no lo reconoce el autobús que toma para ir al trabajo, no lo reconoce el cepillo de dientes de todas las mañanas, las camisas y zapatos, la cucharita. Hay un momento en el que para el que se va y llega sólo hay un hilito delgado incapaz de sostener la pata o el canto de un pajarillo, incapaz de sostener también la tristeza del que se sentaba a contemplar el día, incapaz incluso de sostener el día mismo. Sólo el que se va y llega sabe que los seres y las cosas que lo nombran no nombran lo cierto, lo real, tan sólo advierten una sombra en lo que nombran, un fantasma que ya no puede reconocerse en aquello que dejó ni tampoco en eso otro que ahora tiene.

Ecos de la Costa

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