Fábula del cuervo y el cordero

El hombre llega renqueando al aeropuerto de San Francisco. Se encuentra con otro hombre igual a él: viejo, moreno, latinoamericano. Le ofrece una silla de ruedas. El hombre renco acepta y se sienta en ella. El hombre de la silla de ruedas le pregunta que a dónde va. El hombre renco le muestra su pase de abordar, que saca de una chamarra de piel negra. El hombre de la silla de ruedas empuja la silla y se dirige a un elevador. Van al mismo sitio que yo voy. También subo al elevador. El hombre de la silla de ruedas y el hombre renco no se hablan. Parece que han decidido ni cruzar una sola palabra: enfurruñados en sí mismos. Subimos otro elevador y luego tomamos el tren que nos lleva a la puerta 15. Ahí nos detenemos. Como hay algo que encuentro extraño, sigo al hombre de la silla de ruedas y me detengo donde ellos se detienen. Me siento. El hombre renco se baja de la silla y se sienta en una silla próxima a la mía. El hombre de la silla de ruedas lo ayuda a levantarse,  incluso le quita los posapies, le acomoda el saco y al final le pone la mano en ristre, pidiendo su propina. El hombre renco le dice con el dedo índice que no trae nada, le señala incluso la bolsa vacía de su chamarra negra, con un gesto de desconsuelo en la mirada. El hombre de la silla de ruedas vuelve a hacerle la seña. El hombre renco vuelve indicarle que no trae dinero. El hombre de la silla de ruedas mira con odio al hombre renco, se da la media vuelta y se va. Se pierde como un fantasma al fondo del pasillo. El hombre renco observa en todas direcciones y luego se levanta. Se levanta caminando firme y contundentemente. La sorpresa me hace caer de espaldas. La cojera de hace unos minutos desapareció de súbito. Una señorita de la aerolínea anuncia el abordaje del avión. Antes de levantarme, no puedo dejar de pensar: no cabe duda que para uno que madruga, otro que no duerme.

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