Filosofía de las dos ruedas y un transeúnte

El otro día, mientras miraba pasar transeúntes, vehículos, etcétera, en la banca de la plaza central, no pude evitar detenerme en las bicicletas y motocicletas que también iban y venían, y en las respuestas que pueden darnos cuando pensamos en aquello que es el poder, y que tanto enloquece a quienes lo detentan o a él aspiran. Pensaba, por ejemplo, que hay esencialmente dos tipos de poder. El poder que viene de afuera, que sería el propio de los motociclistas, y el poder que viene de adentro, que sería el correspondiente a los ciclistas.
Con respecto al poder que viene de afuera, pensé que era, en cierto modo, el poder más ilusorio, porque residía básicamente en la fuerza propiciada por el motor del armatoste y no por la del propio motociclista. De forma que cuando el motor se descompone, ese poder se acaba, que es lo mismo que les pasa a los hombres que dejan los altos cargos que detentan para convertirse, apenas al siguiente día, en unos fantasmas.
En este tipo de poder, es el cargo el que engrandece a la persona, y no viceversa. Otra cosa es el poder que viene de adentro. Este poder, lo pensaba, es un poder más real. Es el poder de los ciclistas y está puesto en la fuerza de las piernas que mueven los pedales de la bicicleta y no en la bicicleta misma, que apenas bajarse el ciclista, termina siendo lo que realmente es: un montón de fierro pegado a dos llantas y un manubrio.
En el poder que viene de adentro es la persona la que engrandece al cargo, y no viceversa. Hay un tercer poder, pero goza de poco prestigio, aun cuando es mejor que los dos poderes anteriores. Es el poder del transeúnte. Su grandeza radica en que no necesita de nada para avanzar, pero como tarda mucho en llegar a su destino, porque él mismo es el destino, todos han terminado por no tomarlo en serio.

Periódico Ecos de la Costa

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6 comentarios en “Filosofía de las dos ruedas y un transeúnte”

Mario Fernández 27 mayo ,2011 a las 11:46 am

¡Ah, qué bonito artículo, Rogelio! Me deja pensando que hay en tu alegoría un cuarto tipo de poder, que es el del testigo inmóvil, sentado en un banco de la plaza. Su poder reside en que no necesita desplazarse a ningún lado. Tan sólo está sentado, disfrutando de la banca del parque y del espectáculo que le dan los demás, tan apurados buscando poder para llegar a alguna parte. Está inmóvil, pero no inactivo. Al final del día llega y escribe un artículo sobre su experiencia, lo cual quizá implica más poder real y mayor claridad que la de cualquiera de los viandantes. Y por cierto, una pregunta: ¿dónde está esa Plaza? ¿Es el Octágono de Dunedin o la Plaza de Armas de Colima? Saludos.

¡esa plaza es todas las plazas, amigo Mario!

Elisa Hernández Chavarin 27 mayo ,2011 a las 12:25 pm

Me encanto tu columna

Martha Leonor Anides 27 mayo ,2011 a las 12:37 pm

Me gustó mucho tu artículo, gracias por compartirlo.

Espléndida y generosa visión de la inmovilidad aparente y la movilidad apresurada. Enhorabuena, Rogelio, que las plazas siempre serán sitio incomparable para desovillar historias y vueltas a ovillar para que llegue alguien más y las desoville a su manera (véase el caso en que se conviete Mario Fernández.

El poder vuelto hacia la interioridad, hacia adentro, es la fuente de la creatividad.

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