Freno de mano

Desde que compramos el coche mi mujer empezó a ponerle el freno de mano cada que lo estacionaba, no importara si lo estacionaba en un lugar plano, en una colina hacia arriba o en una colina hacia abajo, o incluso en el cajón que tenemos por cochera. Cada que lo estacionaba le ponía el freno de mano, siempre. Hace poco el mecánico nos dijo que el freno de mano estaba por vencerse y que si queríamos pasar la próxima revisión teníamos que cuidarlo. Reclamé a mi mujer que eso se debía a que ella ponía siempre el freno de mano, aun cuando no se necesitara. Mi mujer no estuvo muy convencida, pero prometió sólo poner el freno de mano en caso necesario. No pudo. Siempre que lo estacionaba volvía a poner el freno de mano, aun en las planicies. No lo puedo evitar, decía. Y yo veía que así era. No lo podía evitar. Lo hacía instintivamente. Me vi en la necesidad, entonces, de coger cinta negra y sujetar el freno de mano a una barra metálica que salía del asiento. Los primeros días mi mujer siguió intentando poner el freno de mano, pero se encontraba con la cinta negra y desistía. Al cabo de unas semanas pudo por fin olvidarse de que el carro tenía, incluso, freno de mano. El enredijo de la cinta negra ya no fue necesario. Aunque lo había leído en Aristóteles, no fue hasta ese momento en que supe lo que era en realidad un hábito, que pueden ser buenos (y se les llama virtudes) o malos (y los conocemos como vicios). Hay que tener cuidado hacia qué lado nos inclinamos cuando empecemos a repetir una conducta obstinadamente, porque una vez adquirida la costumbre de hacerla todos los días será como en el caso de mi mujer con el freno de mano: pasarán semanas y tal vez años para arrancarlo de raíz. Si es que antes el propio hábito no nos arranca a nosotros mismos.

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