Hipnotismo

A este pueblo olvidado en el que vivo vino Giovanni El Hipnotizador. Instaló su carpa en las afueras, a espaldas del panteón,  y recorrió las calles en una bicicleta invitando a la actuación de las ocho de la noche. Nos pareció que sería un buen pasatiempo y fuimos. Había una cola grande esperando entrar. Algunos, incluso, con tal de no perderse la función, maquinaron escurrirse por un agujero al menor descuido de la boletera. Estaba llena la carpa de miradas expectantes. Entre ellas relucía la del primo Lorenzín El Paralítico, en su silla de ruedas. A la tercera llamada salió Giovanni El Hipnotizador, vestido todo de negro, salvo la corbata, que era un enorme arcoíris. Hacía un calor que mordía los huesos, como un topo. Y había polvo, y sudor, y el viento era un agujero sin fondo. Giovanni El Hipnotizador levantó una mano y pidió tres voluntarios. De una esquina  saltó un hombre de camisa abierta por el medio y sombrero. Del otro extremo uno que parecía haber salido de ultratumba, cadavérico y con una cicatriz en la frente. Faltaba uno. El primo Ico, que estaba en la fila de adelante, le dijo a Lorenzín El Paralítico: súbete, vale, pa’ que te cure. Y el primo Lorenzín El Paralítico le contestó: no, primo, porque si salgo de aquí caminando mi apá seguro me manda a trabajar al potrero. Mejor así.

 

 

 

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