Homenaje a Eliseo Diego

Estaba escribiendo el poema de la mañana y, justo a la mitad, apareció mi mujer, al fondo del pasillo, con el pelo resuelto en dos trenzas. No pude continuarlo. Lo intenté, pero no pude. Me vi obligado a salir, de su mano, a la plaza. Ir por una calle larga, interminable, que llevaba a un jardín, luego a otra plaza, una empedrada, otra calle que zigzagueaba, lejísimos. El poema se quedó a la mitad del camino, es cierto, pero algo, al volver del largo paseo con mi mujer, crepitaba en él, algo en él latía, de él algo emergía cierto y siempre invulnerable. Justo a la mitad de su crepitar empecé de nuevo. De las calles que había trazado antes en él surgieron otras, zigzagueantes. También las manos de mi mujer, una plaza, otra empedrada. En el poema ya no aparecía yo. O tal vez sí: era ese hombre que se alejaba repitiendo, una y otra vez, por la vereda que bordeaba la colina, estos versos de Eliseo Diego: “y sin embargo, ves, me aferro al lunes/y al día siguiente doy el nombre tuyo/y con la punta del cigarro escribo/en plena oscuridad: aquí he vivido.”

 

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