Homenaje a Leonardo Favio

Desde hace más de quince años vengo escuchando las canciones de Leonardo Favio. No recuerdo con certeza ni por qué ni en qué circunstancias llegaron a mis manos, lo único que recuerdo es su voz lastimera cantando �Fuiste mía un verano� o �Ella ya me olvidó�. Tenía cuántos años: ¿quince? ¿veinte? La distancia emborrona los claros del tiempo, convierte en remiendo todo aquello que no volverá. Sin embargo, la voz de Favio me acompañaría en aquel año desolado que pasé bajo los cielos californianos, luego viajaría conmigo en tráiler por todo el norte de México, después tendría una estancia larga en España, más tarde regresaría a mi país pero sólo para volver a abordar el avión que la traería hasta esta isla al sur de toda superficie. Hoy me preguntaba sobre las voces que nos acompañan y sobre los deseos que nos determinan un rumbo, y mientras escuchaba a Leonardo Favio y bebía café con ron caí en la cuenta de que nunca reparé en la necesidad de ver una foto suya o ir más allá de saber, así fuera vagamente, que se trataba de un cantautor argentino. Nada. Primero en casetes, luego en cedés, ahora en un viejo aipod, mañana seguramente bastará sólo el tarareo de sus canciones en la memoria. Y quizá a eso mismo se reduce la vida: a llevar en hombros la voz de un cantautor olvidado y a seguir cantando, casi con la misma nostalgia, las canciones que ya nadie canta.

La Jornada

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