Homofobias

Hace apenas una semana un colega del Departamento me dijo (bajando un poco la voz) que el colega de la oficina contigua era homosexual. Y que, agregó, tenía “boyfriend”. En realidad a mí que las personas sean homosexuales, bisexuales, heterosexuales, árboles, papagayos o zombies me da igual, así que no me asombró mucho lo dicho por mi colega. Sin embargo, no pasaron dos días en que salí de dar clases del edificio de Comercio y en lugar de girar en la esquina de siempre, para tomar el atajo, me fui por la vereda del río que atraviesa la universidad. Un río de aguas claras, bordeado de árboles. Qué bellos los pájaros que cantan ahí. Quiero decir que iba embelesado oyendo tan sublime trino cuando, de pronto, apareció el colega motivo de aquella breve conversación. Venía en dirección mía, mirando hacia las montañas del sur, bañadas de rocío. Justo al cruzarnos, levanté una mano y le dije: hi, gay. El colega detuvo la mano que levantaba para devolverme el saludo, sesgó la mirada y siguió su camino. No alcancé a precisar si lo dibujado en su rostro era una mueca, pero algo había aparecido ahí donde antes hubo un atisbo de sonrisa. Entonces caí en la cuenta: ¡carajo! ¿Cómo pude haber cometido tremenda burrada?, pensé. No es lo mismo “gay” que “guy”. Me lo repetí varias veces, viendo el sonido que me aparecía en la sesamenta. Como los mariachis en la canción de José Alfredo Jiménez, los pájaros también callaron, el cauce del río se detuvo por un instante, mis pasos siguieron su camino pero dando bandazos. Volví a mi oficina con la cabeza revuelta. Cerré la puerta tras de mí y, al apenas recargarme en la batiente, surgió en mi cabeza una voz que me decía con insistencia: güey. Pensé: no cabe duda, las palabras que uno necesita siempre, como los taxis, llegan demasiado tarde.

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