La academia

Admiro a los colegas que pueden escribir en sus oficinas del departamento, con las puertas cerradas o abiertas. ¿Escriben de verdad o imagino que escriben? Al menos están en su oficina, se dejan ver entre los colegas, cumplen, digamos, con su presencia. Yo, sin embargo, no puedo escribir una sola línea en mi oficina de la Universidad, y no sé si pueda leer tal como leo en la pequeña oficina que tengo en casa, pues a veces me doy cuenta que lo que entendí en mi oficina de la Universidad es totalmente distinto a lo que entiendo cuando leo en mi pequeña oficina de casa. Además, me sienta mal encerrarme en mi oficina, como otros colegas. Pienso: ¿entonces a qué vengo?, ¿no es lo mismo que no estar, el estar encerrado? Entonces dejo la puerta entreabierta, por si se ofrece algo. Y claro: siempre se ofrece algo. Hoy, por ejemplo, vino un colega a pedirme que si no veía el fragmento de una película. Más tarde vino la secretaria a platicarme que su marido conoció a unos mexicanos que trabajan en la misma empresa de él. Luego un estudiante del doctorado de otro programa vino para decirme que si era cierto que yo era escritor porque él era fotógrafo y entonces me enseñó unas fotos que había tomado del monte Cook hacía poco. La cosa mala que tengo, y que odio de mía, es que soy un imbécil que no sé decir no a nada. Para todos  y todo tengo una sonrisa amable (o eso creo) y un sí invariable. Yo he tratado de decirle al vicerrector que por favor me permita nada más venir a dar mis clases, algunas reuniones en las que yo vea que se llegará a algo, ciertas citas con estudiantes que verdaderamente quieren ser algo en la vida y que yo, a cambio, ofrezco resultados contundentes cada fin de año. Lo he pensado varias veces pero sé que no me van a creer. Porque esa es otra cosa: con eso de que me invento unas novelonas, nunca nadie me cree nada.

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