La bibliotecaria y yo

Hay bibliotecas que tienen más bibliotecarios que libros. La bibliotecaria de esta biblioteca llegó, se quitó las chancletas de horcapollo y se puso unos tacones de plataforma, como queriendo modelar. Le sacaría una foto a los tacones altísimos de la bibliotecaria pero me está mirando con unos ojos que no sé si son de odio o de lascivia. Creo que la bibliotecaria y yo hacemos “química”, ya empieza a distraerme su mirada. No me concentro en la lectura. Qué irá a pasar. La bibliotecaria de tacones altísimos se ha quitado el chalecito café y ha dejado al descubierto un inusitado escote. No me concentro. Ahora la bibliotecaria se ha encajado el Ipod en medio del escote. Los consejos de Séneca se han diluido. No sé qué pueda pasar. Me mira. Tengo intenciones de levantarme y besar a la bibliotecaria. Estoy indeciso. Qué pensaría mi mujer. La bibliotecaria me cierra un ojo y me pide que vaya con el dedo índice. Me rehúso. Estoy leyendo a Séneca, quien habla de la templanza. La bibliotecaria se levanta, modela alrededor de la mesa, usa el tubo del drenaje que baja por la pared para tongonearse. Me vuelve a pedir que vaya con el dedo índice. Arrojo al suelo el libro de Séneca. La templanza se quiebra en mil pedazos, como una taza de cristal.

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