La casa y la tormenta

Las lluvias de invierno en Nueva Zelanda suelen ser inclementes. Puede llover todo
el día y toda la noche, y otra vez todo el día y toda la noche. No hay truenos
o rayos como en las de México, pero hay viento, un viento que bufa y zarandea
los árboles. Aquella noche estaba en mi habitación viendo un programa de
televisión, con el calentador encendido y las ventanas cerradas, y decidí ir a
la cocina a tomar un poco de agua. Como salí del área de habitaciones, donde
estaba la calefacción, al llegar a la cocina sentí un frío terrible. A través
de la ventana se veían la tormenta y los árboles sacudiéndose de un lado a
otro, como si la tormenta intentara la arrancarlos de raíz. Bebí agua
rápidamente y volví a meterme a la habitación. Al cerrar la puerta tras de mí
el ruido de la tormenta, el frío, el aire bufando desaparecieron, y volvió la
calma, y el calor. Apenas acostarme de nuevo en la cama pensé que así debería
permanecer el alma del hombre ante las adversidades del mundo exterior,
tranquila, impasible, fuerte para no verse doblegada por las inclemencias de la
vida, la falta de trabajo, la muerte de un familiar, el haber reprobado una
materia en la escuela. Hay, pues, que hacerse de un alma fuerte para que
ninguna adversidad la pueda vencer, y así convertirnos en una habitación con
calefacción de una casa azotada por la tormenta, como en la que yo estaba
aquella noche.

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1 comentario en “La casa y la tormenta”

Hola Rogelio, me gustó mucho lo que escribiste. Coincido contigo, el alma de uno debe ser tranquila, impasible y fuerte ante la adversidad, que siempre la habrá y es inevitable. Saludos desde Canadá.

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