La Obsesa

Así la he llamado. Reina la noche y el día. Entra en las conversaciones alegres para destruirlas con un martillo. Descarrila el canto de los pájaros, el cauce de los ríos, las tardes que a cualquiera le parecerían hermosas, como seguramente lo son.  Mancha con ácido negro los cielos despejados, incluso.  Es como otro habitante más dentro del cráneo. Un habitante al que hubiera que convencer de que todo lo que sucede allá afuera, más allá de las narices, es un cuerpo real de mujer. O un árbol. O una silla de tres patas.  Sólo puede verla quien la lleva dentro. Para los vecinos es invisible, esquiva, una payasada, a veces. Sólo el amor puede vencerla, pero cuando ella gobierna con sus tenazas insomnes no hay amor que valga. No hay esperanza ni olvido. Ni un agujero por donde entre, siquiera, el rayo de sol del mediodía. Pobre de aquel que se mofe de ella: le reventará las quijadas a patadas. Una vez. Y otra más.

 

Escribe un comentario en este artículo

Comentarios