La ruta natural

Normalmente, cuando alguien nos dice que hagamos un cambio en nuestra vida, solemos pensar en algo radical. Pensamos, normalmente, en irnos a un país extranjero, una tierra lejana e inhóspita, de ser preciso. O en divorciarnos de una buena vez de ese ser extraño junto al que dormimos todas las noches. Incluso algunos piensan en algo más heroico: lanzarse por la ventana de un quinto piso. Con eso creemos que pondremos fin a nuestros días aciagos. La otra mañana me di cuenta de que no es para tanto. Basta con un simple cambio para que el mundo se nos entregue de otra manera. Yo, por ejemplo, el otro día me negué a hacer algo que hago ritualmente todos los días: comerme un pan tostado con miel y un té de canela. Me levanté esa mañana y cuando vi que mi mujer iba a la cocina la detuve para decirle que esta vez prefería un café y un bolillo con frijoles. Mi mujer me miró asombrada y dijo: ¿y eso? Arrugué las cejas, nomás. Mi mujer me trajo lo pedido y lo colocó sobre mi escritorio. También, recuerdo, me trajo una servilleta. Nunca antes había acompañado el pan tostado con miel y el té de canela con una servilleta, de modo que lo que refulgía en mi escritorio era algo jamás vivido a esas horas de la mañana, mientras leía las noticias del día. El café y el bolillo con frijoles trajeron consigo un aire fresco a mis mañanas cansadas de lo mismo. No me habría dado cuenta de lo triste que eran ya de no haber hecho este cambio. Para algunos podrá ser algo nimio, pero a mí me ha cambiado la vida, tanto o más que mudarme a un país extranjero, divorciarme de la mujer que me ha traído el café y el bolillo con frijoles o lanzarme, ya lo he dicho antes, por la ventana de un quinto piso.

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