La televisión y el Estado

En casa hay un solo televisor, que mi mujer y yo, por cierto, no vemos. Lo ven mi hijo y mi hija, a horas determinadas. Conforme mi hija crece, su convicción se hace más fuerte, así que un día mi hijo se encontró con que mi hija no quería ver el programa que él había elegido. Elijan, les dije, un programa que les guste a los dos. Así lo hicieron, a regañadientes. Pero, obviamente, los conflictos crecieron, y hasta hubo uno que otro grito y manotazo. Nada que pasara a mayores. Como en una casa, el estado somos los padres, nos vimos en la necesidad de intervenir. Mi mujer dijo que la solución era comprar otro televisor, y asunto arreglado. Yo dije que no, que lo mejor era tirar a la basura el que teníamos, y punto. Como el estado de esta casa es mexicano, sucedió lo consabido: se dividió. Se hicieron dos partidos y el debate entonces tomó otro derrotero, muy lejano del derrotero inicial, que era, dicho sea de paso, el crucial. Ahora mi mujer y yo seguimos debatiendo entre comprar otro televisor o tirar el existente, mientras nuestros hijos, allá en la habitación, siguen arrebatándose los canales.

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