La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera

Cuando uno, por diferentes circunstancias, se ve obligado a presentar libros que, para uno, no salieron bien librados, no haya cómo llenar las hojitas que normalmente usa para tales presentaciones. Sin embargo, cuando se trata de libros en los que no solamente has encontrado tanto y retanto, sino que, aparte, te han llegado a producir una de esas felicidades que te orillan incluso a llamar  al autor, o como decía Onetti, a estrechar la mano con la que escribe el autor, ni cientos de hojitas son suficientes. Con La transmigración de los cuerpos, de mi hermano Yuri herrera, me ha sucedido esto último, y a él le consta. Me lo ha sucedido realmente. Recuerdo el momento justo en que quise llamar a Yuri para decirle: cabrón, qué macanudo eres, mano. Y nada más. Fue cuando leí precisamente cómo se le enjugaban de música y color y sabrosura las palabras cuando escribió aquello de: “Su tipo de gente, la de él, con la que transaba todos los días, la su gente de entre nos, su gente.”  Un virus que toma la ciudad por asalto, una epidemia que pronto te hacía empezar a escupir sangre y que luego nomás te hacía derrumbarte sobre la mesa o el suelo, una enfermedad que supuestamente se contagiaba a través de un mosquito, pero que hay un par de casos que fue por otra vía y dice el gobierno:

 

tenemos a la gente más astuta persiguiendo a lo que sea que es, y también tenemos hospitales, pero, por si las dudas, mejor quédese en casita y mejor no bese a nadie y no toque a nadie y cúbrase la nariz y la boca y reporte cualquier síntoma, pero sobre todo no se preocupe. Lo cual, razonablemente, fue entendido como si no se encierran, se los va a cargar la chingada.

 

Todo esto es, digámoslo así, el pretexto, sólo el pretexto (como del pretexto del amor son los cuerpos), para que Yuri nos vuelva a meter en esta nueva novela en su, ya ahora, particular manera de ver la realidad, la realidad en este caso, sí, del Alfaqueque, la Ñora, la Tres Veces Rubia, la Vicky, las putas de La Metamorfosis y el Íncubo, el Ñandertal, la Muñe, el Menonita, la familia Fonseca y los Castro, que de jodidos pasaron a no tanto y que “ya tenían unos años dándosela de finos y guapos”, el Hamponcito, etcétera, seres todos por los que no da uno un peso partido por la mitad en la vida real pero que gracias a la mirada de Yuri Herrera, y a esa manera de metérseles en los huesos, nos parecen los más heroicos del mundo y hasta nos dan ganas de vivir lo que ellos viven y de ser como ellos son, qué importa que tengamos que desayunar piedras. Pero también la otra realidad: la del lenguaje, la de las palabras, que es con las que se construyen las historias. Con Yuri Herrera mal haría yo (porque respeto a otros)  en intentar dar el argumento de La transmigración de los cuerpos. Baste y sobre lo que he dicho ya. Si a eso se redujera el asunto, todos aquí estaríamos felices y casi casi despidiéndonos. La narrativa de Yuri, por fortuna, es otra cosa. No sé si me explique. Lo voy a decir otra vez: es otra cosa muy diferente. Es una historia, sí, pero es algo mucho más. El es lenguaje.  O sea, como les digo, es otra cosa. De veras. Con Yuri las cosas nuevas se leen como si las conociéramos de siempre y las cosas viejas como si las viéramos por primera vez. ¿Y saben por qué? Porque este hombre que tengo aquí a mi lado, señores, aun a pesar suyo, es un poeta. No se lee, incluso, para ver qué pasará en la historia que nos está contando. Yo, se los confieso, a la segunda página ya me había olvidado del argumento porque cada frase me había metido en un remolino distinto, en un viento distinto, y me había zarandeado de tal modo, que me quitó todo delante y todo detrás. No, el argumento se disuelve, se pulveriza, para quedar nada más un grito, un estampido de colores, un espasmo de ritmos, un escupitajo de metáforas. Es el lenguaje, claro: parco, contundente, rechinante como cuando rechinamos los dientes, no cabe nada más en cada frase, como si hubiésemos cerrado la casa con llave y la llave la hubiésemos arrojado al precipicio. Miren ustedes:

 

Qué podía esperar él, si arruinaba los trajes nomás ponérselos: por bonitos que se vieran en el aparador, perchados en su esqueleto de inmediato se arrugaban, se caían, perdían el chiste; los arruinaba el olor de la barandilla. O era que las cosas entendían pronto que su vida era como la parada de un camión, útil momentáneamente, pero donde nadie se quedaría a vivir.

 

Cuando la poesía es una muchacha dura, pues entonces apostémosle todas nuestras cartas al argumento. Pero cuando aparte de haber poesía hay historia, como en el caso de Yuri,  no nos distraigamos en otro gozo, que no hay mayor. La transmigración de los cuerpos tiene un aire oscuro, enrarecido, árido, porque cumple esa doble misión: lenguaje e historia, unidas por un cable de acero que se tensa en cada frase. Una novela sobre la muerte, sí, pero también sobre la mucha vida. Sobre la desgracia, sí, pero también sobre la mucha gracia. Sobre el odio, sí, pero también sobre el mucho amor, la de Yuri herrera. Porque así lo dijo precisamente La Tres Veces Rubia, y hay que hacerle caso, sobre todo ahora que este país es un cielo de sangre:

 

Imagínate cómo sería el mundo si todos nos acariciáramos en lugar de estar matándonos. ¿Has visto toda la gente que se hace daño sin saber a quien le pega un tiro?

 

 

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1 comentario en “La transmigración de los cuerpos, de Yuri Herrera”

La transmigración de los cuerpos tiene la habilidad de mostrarnos un mundo ya de por sí terrible, de pistoleros, tabernas y charcos de sangre, que además sufre la amenaza de una epidemia apocalíptica. Y en lugar de cebarse en el dramatismo que incorpora tal premisa –error en el que mucho otros habrían caído–, la aborda con un humor a la vez ácido y tierno, que sabe extraer de cada personaje algo de su dignidad perdida y poner un poco de esperanza en un mundo que se desploma con todo el peso del acero. Su voz es tan poderosa como la de Rulfo, tan llena de esos matices y olores que nos sitúan en el corazón de los suburbios mexicanos, e incorpora el poder de fascinación de Sábato y el aliento de Bolaño. La transmigración de los cuerpos es a la vez una tragedia clásica, un retrato en color de un mundo que creíamos en extinción y una novela de redención cuya épica permanece bajo tierra esperando a que la desenterremos.

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