La verdad de la ficción

El fondo (abismal) del problema mexicano está, obviamente, en la falta de respeto al estado de Derecho. En la falta de compromiso con la legalidad. Aun cuando tengamos el reglamento o el código en las manos, y lo estemos leyendo, algo nos dice que lo que ahí se ordena no es la Realidad. No: la realidad en México es siempre lo contrario a lo que nos ordena el reglamento o código que tenemos en las manos.  Por ejemplo: sabemos que para cobrar un cheque lo suyo es hacer la fila correspondiente, llegar con el cajero bancario y hacer la transacción, pero, en lugar de ello, lo primero que hacemos al llegar al banco es buscar algún “conocido” que pueda  ayudarnos a cobrar el cheque o, por el contrario, buscar aquel banco donde ya tenemos algún conocido que nos pueda hacer el favor. “Hágame el favor” y “muchas gracias por el favor” son frases que están entrampadas en la sesera del mexicano (y del latinoamericano). Ojo: no es simplemente “gracias”, sino: “gracias por el favor”.  Así, esta red favoritígena se ha traducido en el peor enemigo de la legalidad y, sobre todo, del respeto y compromiso con nuestro estado de Derecho, lo que ha generado el ya clásico: “en México todo se puede, güey”.  Por eso, si tienes un buen compadre en Tránsito, seguramente el buen compadre “te hará el favor” de que te condonen la infracción que te pusieron por estacionarte en doble fila. O si tienes un amigo en el hospital, seguramente tu amigo del hospital  te “hará el favor” de ponerte dos bombillas más de oxígeno aun cuando el paciente de al lado se quede sin respirar media semana.  O un ejemplo más vulgar: si conoces a la despachante del cine de tu preferencia, con certeza la despachante del cine de tu preferencia “te hará el favor”  de rellenarte el vaso de persi las veces que se te antojen. Y tú sentirás que realmente estás haciendo algo que nadie nunca pudo hacer, algo verdaderamente chingón. Te sentirás, obviamente, kalimán o, ya de perdis, ese Santo Enmascarado de Plata que todos llevamos  -o queremos llevar- dentro.  Precisamente de estas y otras situaciones similares nace esa idea de que “mexicano que no transa, no avanza” o esa otra de que “el mexicano entre risa y risa te mete la longaniza”. Al final del día, y cuando ya todo está cayéndose a pedazos, la sociedad despierta dándose cuenta de que en el pecado lleva su propia penitencia, y de que el monstruo enorme de cien cabezas y tentáculos que ensucia, corrompe, reprime y asesina tiene su propio rostro. Entonces viene esa otra religiosísima frase: “yo no fui, fue el chavo”. O esta otra: “a mí que me esculquen, paisa”. Entonces habría que volver al principio: el fondo (abismal) del problema mexicano está, obviamente, en la falta de respeto al estado de Derecho. En la falta de compromiso con la legalidad. Si la sociedad es el monstruo (y no sólo el Buen Compadre de Tránsito o el Amigo del Hospital), entonces es la sociedad misma (incluidos, ahora sí, el Buen Compadre de Tránsito y el Amigo del Hospital) quien debe matar a su criatura y renacer nueva, diferente, con otra conciencia, otros refranes aunque, si no es mucho pedir, con el mismo sentido del humor. Mientras esto no suceda, seguiremos teniendo la convicción de que lo que nos ordena el reglamento o código que estamos leyendo no es la realidad sino otra mentira más que se une a otras mentiras más que a su vez están unidas al cordón umbilical de la gran Mentira en que se está convirtiendo –o ya se convirtió sin darnos cuenta- nuestro paisito, señor Presidente.

Ecos de la Costa

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1 comentario en “La verdad de la ficción”

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