La vida en el espejo retrovisor

Aquella tarde volvimos del centro comercial, a donde habíamos ido a comprar una bomba de aire para la bicicleta de mi hijo. De paso, aproveché para ataviarla también con un pequeño portaequipaje, un bote de agua, un cubre asiento y un espejo retrovisor. Era la tarde y caía una lluvia casi imperceptible cuando empecé a ponerle los perifollos. Primero el portaequipaje, luego el cubre asiento, después el bote de agua y por último el espejo retrovisor. Como no podía ajustarlo en la medida correcta, le llamé a mi hijo para que montara la bicicleta y lo colocara a su altura. Subió y dio una vuelta, intentando darle la posición exacta. Lo intentó de nuevo, y nada. Creo que le quedaba más bajo de lo normal, lo que lo hacía inclinarse más de la cuenta. Entonces le dije que viniera para reacomodar la bisagra. Como mi hijo me notó ya un poco desesperado (cosa que cada vez es más frecuente en mí), antes de bajarse de la bicicleta me dijo: papá, pero si el retrovisor no importa tanto. Lo que importa es ver bien hacia delante, ¿no? Apenas lo dijo, plac, sentí que una ráfaga de luz me atravesaba de orilla a orilla. No tuve más remedio que pensar en la vida y en cuánto a veces nos empeñamos en mirar sólo hacia atrás, esas desgracias que nos siguen como los perros falderos a sus dueños, y cuan poco nos enfocamos a ver el camino que se nos abre, límpido, a cada paso. Tienes razón, dije a mi hijo, y empecé a desmontar el retrovisor. Ahora verás hacia adelante y, sólo en los cruces de calle, girarás un poco la cabeza para cerciorarte de que no viene carro, ¿sale? Sale, me dijo mi hijo con una sonrisa que aún no sabía todo lo que, esa tarde de lluvia, me había enseñado.

Ecos de la Costa

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12 comentarios en “La vida en el espejo retrovisor”

La ignorancia/inocencia es hermosa, pareciera contradictorio decirlo pero a menor “conocimiento” la realidad es más simple. La inteligencia inicialmente facilitara las cosas, el conocimiento nos dará herramientas para defendernos y al final la sabiduría nos regresara al punto donde partimos y volveremos a maravillarnos de las cosas simples que la vida siempre nos mostró. La única diferencia entre el que es “inteligente” y el que no es que este se percatara más fácilmente de las cosas, mas como pago este sufrirá solo antes que lo otros que después se enteraran de la realidad y sufrirán colectivamente.

Antonio Morentín 25 febrero ,2011 a las 5:10 pm

Que tal Roger Estimadísimo colega y amigo, buena reflexión en tu escrito, efectivamente de manera relativamente eventual, existe la tendencia entre nosotros los humanos a ver hacias atrás, al pasado, a lo que fue, y en base a ello seguir viviendo tratando de abrirnos nuevos horizontes, lo cual no siempre es necesariamente útil, debemos decir adiós algunas veces en la vida…Un fuerte abrazo hermano!

Hola Rogelio. Yo creo que el espejo retrovisor sí es necesario. Es en general de marco mucho más pequeño que lo que podemos abarcar hacia adelante. Mirar sólo hacia adelante puede ser un problema, puede darnos distorsiones porque no tenemos la referencia de lo que quedó atrás. Mirar adelante, seguir adelante, esforzarnos a avanzar es imperiosamente vital. Ver lo que queda atrás da profundidad al panorama.

Vale la pena tener hijos ¿no?

Más chingón el Onetti.

Andrés del Ángel Escalona 26 febrero ,2011 a las 5:00 pm

Estimado Rogelio: me conmovió e ilustró este episodio familiar que relatas, y me trajo a la memoria los elocuentes versos de Gibran Jalil Gibran: “sus almas [las de tus hijos] viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños”. También me recordó una conferencia que el lingüista de la UNAM, Otto Schumman Gálvez dictó hace unos años a un selecto grupo de anatomistas mexicanos. En ella, el notable conocedor/hablante de las treinta y tantas lenguas mayas refería, a propósito de las normas anatómicas, que para algunas de esas lenguas el futuro se ubicaba, para el hablante, A SUS ESPALDAS (y el pasado, obviamente, al frente). Quizá sea bueno, como sugieres, indicar al viajero que, con cierta frecuencia, se cerciore de lo que no le aparece de frente. Un cordial saludo.

HOLA ROGELIO:DESPACITO, COMO DESLIZÁNDONOS, LOS PADRES ACEPTAMOS QUE LA MIRADA DE LOS NIÑOS VALE MUCHO MÁS QUE LO QUE APRENDIMOS EN LA FACU. ME GUSTAN TUS ENFOQUES FAMILIARES, SALUDOS CORDIALES, CARMEN LA CUENTACUENTOS.

buenisimo compa casi lloro

Querido Rogelio:
Tus lecturas me llevan a reflexión siempre. Lo que necesitabas era una “Bomba de Aire” y quisiste ataviar la bicicleta y casi se genera un conflicto y una tensión innecesaria. Creo que esto nos enseña a enfocarnos en lo que necesitamos y estamos buscando. Ir al foco de las cosas nos ayuda mucho y evita el gasto de energias en colaterales, que si bien, nos pueden servir, nos quitan energia para lo principal.

Me encantó, día a día los hijos nos enseñan, para mi la experiencia más bella ha sido ser madre, y ciertamente ver hacia adelante pero no olvidar voltear ante el peligro, les da confianza en sí mismos y los lleva a lograr sus objetivos. Gracias por compartir.

Armando Briceño 3 marzo ,2011 a las 2:25 pm

“esas desgracias que nos siguen como los perros falderos a sus dueños”… Seria bueno saber, como espantar de una vez, todas “esas desgracias que nos siguen como perros falderos a sus dueños”. Van abrazos.

Qué tal, Rogelio. Ante antier hallé tu libro en Guadalajara y empiezo a leerlo, voy en el capítulo Album de familia y aún no había leído este “cuento portátil”, como acertadamente les llamas. Quiero comentarte que después de leer la mayor parte de tus libros (incluso “cruce de vías. Una mirada oceánica….”) he percibido que tu prosa, después de un tratamiento peculiar muy conciso, inesperadamente se nutre tanto de las aguas poéticas como de las filosóficas, lo cual la hace muy interesante, amena y sobre todo reflexiva, si a eso agregamos tu despampanante originalidad, tendremos estos excelentes textos. Un abrazo hasta Nueva Zelanda.
Jesús Ávila Zapién

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