La vida, esa calle que sube y que baja

El otro día le dije a mi mujer que subiéramos la cuesta de Brockville, que un poco de ejercicio no nos caería mal. Dejamos el coche sobre la avenida y emprendimos la aventura. Lo de menos es decir si llegamos con la lengua de fuera o no. Lo importante  es que por el camino encontramos gente de todo tipo: ancianos, niños, jóvenes. Tuve una revelación súbita. Los jóvenes subían la cuesta sin agobio. Los viejos, en cambio, tenían que apoyarse en una baranda. Pasaba lo contrario con los ancianos que bajaban. Aunque no lo hacían chiflando, al menos se les notaba cierta entereza. Los jóvenes que bajaban lo hacían, por supuesto, corriendo. Pensé que si la vida fuera una calle que sube y que baja, lo mejor era que nos tocara subir la cuesta de jóvenes, para contrarrestar lo duro de la empresa, y que las calamidades por venir las pasáramos con dos piernas firmes y una cabeza bien desempolvada. Entonces la bajada sería una aventura menos aciaga. Llevaríamos, comos los ancianos que bajaban por mi costado, el mentón erguido y, a saber, una mirada como la de aquel que acaba de salir bien librado de una cruenta batalla.

 

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5 comentarios en “La vida, esa calle que sube y que baja”

Sí, Rogelio. La literatura es más sabia, más reveladora, más satisfactoria y más constructiva que la crítica política que, lo menos que hace es dar oportunidad de una catarsis, pero lo más que puede llegar a hacer es volver la amargura permanente (ie volverlo a uno un viejo gruñón). Por literatura me refiero a artículos como éste.
Javier

Gracias, me encantó

En nuestro México es importante enseñar a nuestros hijos a subir esa cuesta aprovechando su juventud sin drocharla como es en algunios casos.

Hay que aprender a subis cuestas! Que pa bajar, como decimos en Cuba, hasta los santos ayudan….
cariños desde Taos,

QUERIDO ROGELIO: TODOS LOS CRISTIANOS SABEMOS QUE NO DEBEMOS RECLAMARLE A DIOS. NO OBSTANTE, DADAS LAS DIFICULTADES QUE TENGO PARA MASTICAR LA COMIDA SEGÚN RECOMIENDAN LOS CHINOS, ME VEO EN FIGURILLAS. ¿NO TE PARECE QUE LOS DIENTES DE LECHE DEBERÍAN CAMBIARSE A LOS 50? BESO, CARMEN

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