Las partes de mi cuerpo

De verdad que uno, si se pone a pensar, se dará cuenta que no conoce bien las partes de su cuerpo. Lo reflexionaba no hace mucho que llevaba mi antebrazo recargado en la portezuela de un autobús, golpeado por el viento y bajo un intenso sol. Me veía los dedos de la mano, los huesos que se marcaban en las coyunturas, las uñas, la muñeca, los bellos, algunas cicatrices, las líneas de la palma, enrevesadas, cortas, las venas saltadas de mi antebrazo, mi codo, arrugado y reseco, los nudillos, y pareciera que me los estaba realmente viendo por primera vez: ¿cuántos huesos tengo en el dedo índice?, ¿cuántas venas atraviesan mi brazo desde el hombro hasta el nacimiento de mis nudillos?, ¿de qué están hechas mis uñas?, ¿cuántas articulaciones y ligamentos tengo en la muñeca?, ¿cómo funcionan?, ¿de qué tipo son? ¿y mis huellas digitales? ¿sabría reconocerlas entre otra hilera de huellas digitales? Empecé, poco a poco, a hundirme en el agujero que se me forma entre los hombros. Me di cuenta que no conocía nada de este cuerpo que habito todos los días, con el que duermo y sueño y amo y deseo. Este cuerpo que es como un guante, o un saco de dormir, o una bolsa de polietileno, y gracias al cual tengo una credencial de identidad, un pasaporte, un lugar único entre todos los mortales. Si ya el desconocimiento de mi solo brazo me apabullaba, no quise imaginar el de mis piernas, mis ojos, mi nariz, mis órganos. Me sentí como un ciego tirado, de pronto, en una ciudad desconocida y obligado a cruzarla de orilla a orilla con la advertencia de que ninguno de los transeúntes que encontrará por el camino le podrá dar ninguna seña, ni siquiera proveer de un mapa o brújula, ni, mucho menos, ayudarlo a atravesar esa gran avenida en la que, desde hace años, todos los semáforos están descompuestos.

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