Leer y comer

Desde hace algunos años dejé de ser un devorador de libros. Rompí, un buen día, con ese hechizo. Sé que lo adquirí cuando me iniciaba como lector, pero no sé ni en qué momento ni dónde. Desde entonces dejé de utilizar la frase hecha: soy un devorador de libros. Y, por supuesto, desde entonces dejé de devorar los libros que caen en mis manos: ¡qué despropósito! Lo comprendí hace algunos años y decidí, como quien dice, darle la vuelta a la tortilla. Es más: ahora me compadezco de aquellos que van por el mundo diciendo que son devoradores de libros. Ya sé que están atrapados en el mismo agujero que yo lo estaba. Todo esto lo supe una noche que leía recostado en la cama, con el rostro en dirección a la ventana, a través de la cual se veía el claro día. Estaba leyendo las memorias de Stephen King y, de súbito, lo supe: leer como se come. Esta frase fue sólo el principio. Debe hacerse despacio, masticando bien los alimentos, una y otra vez, treinta o cincuenta veces por bocado, sabiendo que es mejor comer calidad que cantidad, esto es una ramita de brócoli mejor que una bolsa jumbo de papas fritas, esto es la breve “Rebelión en la granja” de Orwell que las novelas completas de Paulo Coelho.  Desde entonces compro en las librerías del mismo modo que en el supermercado: los productos más saludables, frescos de ser posible, y los engullo, al volver a casa, pian pianito, sin devorarlos nunca, con la certeza de que en esto radica toda mi fortaleza.

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