Los árboles y las montañas

Frente al comedor de la casa hay un enorme ventanal. Cuando recién nos mudamos, vimos que era imposible ver las montañas al fondo, grandes, azules, a veces cubiertas de nieve, como en el invierno. Al ventanal lo tapaban las ramas del árbol del patio trasero. También lo tapaba el árbol de la casa vecina, que había crecido en todas direcciones. Incluso una lámina que teníamos colocada en el descanso de la escalera, y que servía para protegernos de las corrientes de aire, impedía ver esas montañas majestuosas. Entonces un día, al terminar de desayunar saqué del sótano un machete y empecé a cortar las ramas del árbol del patio trasero. Subí otra vez al comedor y entonces ya pude ver una parte de las montañas, grandes, azulísimas. Luego cogí un martillo y desclavé la lámina de la escalera, lo que volvió a despejarme el paisaje: al fondo ya se veía otro pedazo de las montañas. Sólo me quedaba el árbol del vecino, de manera que fui a buscarle, le comenté que nada le costaría desramar su árbol porque yo lo haría con mis propias manos y estuvo de acuerdo. Trepé a su árbol y lo desramé. Desde lo alto caían las ramas y hasta el cielo podía verse. Cuando subí al comedor y vi por el enorme ventanal las grandes montañas, las aves que las sobrevolaban, los coches que subían por sus caminos que parecían arterias de hombres gigantes, además del mar que golpeaba sus orillas, y el sol que aparecía en las mañanas, me imaginé que la sabiduría eran esas montañas y que la ignorancia eran esas ramas de los árboles y esa lámina de la escalera que no permitían verla, y que así como yo había utilizado un machete para despejar ese paisaje y ver las montañas, asimismo los libros eran esos machetes que desramaban el árbol de la ignorancia haciéndonos distinguir mejor lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo que es igual de lo que no lo es, la verdad de la mentira, todo eso en un abrir y cerrar de ojos.

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