Los clásicos hoy

El otro día un amigo escritor me pedía mi lista de mejores novelas de este año, que después publicaría (junto con otras listas) en su revista. La petición me cortó en cuatro mitades porque desde hace algunos seis años (tiempo que tengo ya viviendo al sur de la isla sur neozelandesa) no he hecho otra cosa que leer sistemáticamente a los clásicos grecolatinos, desde Laercio hasta Séneca, pasando por Cicerón, Plutarco, Plauto, Apuleyo, Aristófanes, Esquilo, Platón, etcétera. Es verdad que meto las narices aquí y allá en lo que se escribe ahora (algunas novelas que realmente me gusten –Diario de un jubilado, por ejemplo, de Delibes-, poemas, diarios o ensayos), pero sólo son flechazos en fuga, amores de una noche. Justo cuando le confesé a mi amigo escritor que yo en realidad no estaba al día con las novedades editoriales, y justo cuando mi amigo escritor me dijo que por lo que yo escribía no le parecía que estuviera “tan ausente de la realidad”, caí en la cuenta de algo que me había pasado desapercibido: la actualidad de los clásicos. Hice un repaso veloz a mis lecturas (Fedón o del alma, Las aves, Electra, Tratados morales) y me di cuenta que los nombres eran diferentes pero los problemas seguían siendo los mismos: el miedo a la muerte, los imperialismos y las guerras, las crisis de la culpa, los crímenes de la envidia y la avaricia. Entonces me empecé a sentir otra vez en compañía, como si esos autores tuvieran los nombres de los escritores y poetas que aparecen hoy en los periódicos o revistas, o dando entrevistas en la televisión, o consejos a los escritores que, como lo dijo Sócrates, no saben muy bien que lo que es grande es pequeño a un mismo tiempo; y lo malo, bueno; y lo clásico, contemporáneo; y que, al final del día, no son tan importantes ni los nombres ni las situaciones sino la manera en que modifican el alma de aquel que las lee.

Ecos de la Costa

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