Los objetos de esta casa

Pensaba en los objetos que se quedan cuando uno se va a un largo viaje: el jarrón sobre la mesa del comedor, la cuchara solita olvidada en el fregadero, una almohada, la lámpara del escritorio, el libro de Montaigne abierto por el medio, incluso el clavo donde colgábamos los auriculares. Uno se va y todos ellos se quedan ahí, abandonados a su suerte y, a veces, sólo bajo el amparo de una noche sin estrellas. Pensaba si, en algún momento, también extrañarán no hacer la función que antes cumplían, tan ritualmente, o si, acaso, se preguntarán por el destino de los habitantes de la casa, o tal vez por otros objetos que solían rozar cuando realizaban su labor (como lo hacen el tenedor y el cuchillo, o el cepillo de dientes y su pasta Colgate), el aroma de la comida o la música antes del anochecer. Me resisto a pensar que no pueden sentir nada, que están más muertos que nuestros muertos. Y tanto o más olvidados que ellos. ¿De verdad no seguirán su vida normal a nuestras espaldas?, ¿de verdad no se agitará su respiración ante el peligro inminente? Me gustaría vigilarlos desde un rincón de la dura sombra. Estoy seguro, no sé por qué, que me llevaría una sorpresa.

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9 comentarios en “Los objetos de esta casa”

Rogelio:

Tu comentario me recordó a uno de mis primeros cuentos. Se trataba de un helecho en la maceta de la sala. La familia entera se había ido de viaje, y aunque la inundaron de agua antes de ausentarse, con el paso de los días se fue secando la tierra, y ella seguía sola y sin esperanzas.

Fue un ejercicio de monólogo interior que nos pusieron en una cátedra. Creo que ni siquiera lo conservo, pero ahora lo recordé al descubrir esta sensible coincidencia.

Un abrazo, Elena

Los cuentos de hadas están hechas de este material. Ahora que ya ha pasado la época en que me las leían, y cuando todavía me encantan, pienso que las cosas sí tienen su vida. El clavo se va a corroer, los pequeños y mayores temblores van a mover la maceta. El helecho, si no lo riegan, va a quedar seco.

Un detalle que siempre me ha llamado la atención. Cuando vuelves a un lugar que antes te era completamente familiar, siempre parece más pequeño que lo que recuerdas.

Y (como enseñan en algunos ambientes) ¿cuando cerramos los ojos desaparece el mundo? En otras palabras: las cosas existen de por sí, o sólo cuando la conciencia humana les da existencia? Yo tengo mi respuesta, pero me hace falta la tuya.
Javier

¡Me ha gustado mucho este post! Y me quedo pensando…¿qué hará la computadora cuando vuelvo la espalda? Quién sabe si desordena todo lo que he escrito, si mete su hocico electrónico en lo que escribo y ya luego es muy tarde para cambiarlo… Hum.

Sueña el puñal en el cajón su sueño de tigre dijo Borges.

Aunque no siempre comente, tú siempre conversas con mi interior. Es un honor saberte Rogelio.

Me gustó mucho tu reflexión. Creo que todo mi entorno tiene vida y cada cosa, un modo de comunicación. Quiero pensar como tú cuando las dejo solas, para no apenarme sintiendo que me extrañan como yo lo hago. Hay una forma de amor en todo esto, de reciprocidad, de compañía, y sobre todo de arraigo. Es lo nuestro que reclama nuestro retorno, cada vez que partimos.
Un abrazo fuerte desde Uruguay,
Eliza

Me gusta lo que escribes, y esta vez me hiciste reflexionar en mi entorno y en las cosas que aunque no me vaya de viaje dejo olvidadas sin tocarlas por mucho o algún tiempo, por ejemplo un libro o alguna macetita que en días no he regado.
Saludos

“la dura sombra” y Borges atisba sus adjetivos precisos desde un espejo escondido y sólo mira, al siguiente espejo que multiplica la soledad de los objetos. salud.

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